La Casa de la Patata

La famosa batalla de Brunete de la Guerra Civil española dejó tras de sí un buen número de víctimas de uno y otro bando, pero también gran cantidad de infraestructuras militares que se han conservado con mayor o menor fortuna. La Comunidad de Madrid está llevando a cabo un plan de restauración y conservación de algunas de ellas pero, por desgracia, siempre será demasiado tarde para la Casa Palata, también conocida como Casa de la Patata, ubicada entre Colmenarejo y Galapagar.

Con la intención de retrasar la ofensiva franquista sobre Cantabria y aliviar el cerco de Madrid, el ejército republicano ideó una serie de operaciones que se desarrollaron entre el 6 y el 25 de julio de 1937 en los términos municipales de Villanueva de la Cañada, Quijorna, Torrelodones, Brunete y alrededores. Si bien los republicanos consiguieron recuperar pequeños territorios del norte de Brunete, finalmente, fracasó en sus objetivos.

Durante la noche del 5 al 6 de julio, el ejército republicano se infiltró en territorio franquista que se hallaba en Brunete. Esta ofensiva tomó por sorpresa al bando nacional y las tropas de Líster, aunque con mucho esfuerzo, consiguieron tomar el pueblo.  El día 7, los republicanos ocuparon también Villanueva de la Cañada y en los días sucesivos, con la ayuda de la XV Brigada Internacional, Quijorna, Villanueva del Pardillo y Villafranca del Castillo. Un avance fulgurante que se vio truncado por el cambio de planes de Líster, que no continuó el avance hacia Boadilla del Monte como estaba planeado por hallarse allí el puesto de mando del general  sublevado Valera, encargado del ataque a Madrid. Este error dio capacidad de respuesta a las tropas franquistas,  que trasladaron al lugar 5 divisiones del Frente Norte, y tuvieron tiempo de recibier el importante apoyo de la Legión Cóndor alemana y de la Aviazione Legionaria italiana, con sus cazas y bombarderos que pronto cambiaron el signo de la batalla.

Los costes humanos fueron desproporcionados, los combatientes se vieron obligados a luchar en parajes casi yermos que apenas les ofrecían protección frente a los 40 grados a la sombra de aquel seco verano.

En nuestra visita a la zona intentamos imaginar, no sin tristeza, que en estos campos, sembrados aquí y allá por trincheras, nidos de ametralladoras o fortines de uno u otro bando, perdieron la vida alrededor de 40.000 combatientes.

Nuestros pasos nos habían llevado a visitar esa misma mañana el palacio del Canto del Pico, en Torrelodones, lugar en el que se ubicaba el estado mayor del general José Miaja, quien diseñó el plan de operaciones republicanas de la denominada batalla de Brunete. Pero nuestro propósito postrero era llegar a la Casa de la Patata o Casa Palata y hasta allí nos dirigimos.

Esperaba encontrar una casa abandonada, por supuesto, pero lo que encontramos fue una ruina absoluta, una edificación de estilo labriego desmoronándose sobre sí misma, sepultando los ecos de los obuses que dejaron su huella en ella, conteniendo los nervios de los hombres que defendieron con su vida sus ideales, acallando sus gritos, sus susurros y sus miedos. Pocos documentos concluyentes hay sobre el uso que de esta casa hizo el ejército republicano. Hay quien afirma que se trataba del puesto de mando avanzado de Enrique Líster, aunque parece algo poco probable. Más crédito se da a la versión que sitúa frente a ese puesto al Coronel Segismundo Casado y, finalmente, hay quien afirma que, además, la casa, enclavada en un cerro que le confería una vista inmejorable del terreno de batalla, fue empleada como observatorio a distancia del XVIII Cuerpo del Ejército una vez comenzaron las operaciones. 

Pero lo que es innegable es que la Casa de la Patata se empleó como refugio antiaéreo, hecho que atestiguan los túneles que horadan sus entrañas y que, aún hoy, se pueden recorrer en parte. Imaginarse refugiándose en sus entrañas mientras el rugido de los 80 cazas de la Legión Cóndor sobrevuelan la zona y lanzan sus ataques es, simplemente, una experiencia desoladora.



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Sobre mí:

Curiosa por naturaleza, desde niña me embelesaron los ecos pasados que se me antojaban atrapados entre las paredes de los lugares abandonados que iba dejando atrás desde el coche de mi padre. Hoy, un poco más dueña de mis pasos, los dirijo allí para admirar la belleza oculta entre sus ruinas, inmortalizarla con mi cámara e indagar en la verdadera historia que, en otros tiempos, les dieron vida. Estos son mis locus amoenus ¿me acompañas?