Prevetorio La Sabinosa

Seguro que más de uno ha oído el término "preventorio" o irse de "colonias" en boca de algún familiar. Nos suena a muchos, como un eco remoto de historias infantiles a las que, suponiéndolas anecdóticas, no prestamos demasiada atención. Pero un buen día, la historia de cientos de niños de la dictadura se abrió paso a golpe de denuncia. Una mujer puso voz a todos los que sufrieron en sus carnes las terribles experiencias que encerraban los preventorios antituberculosos... y surgió el debate. ¿Cuánto había de cierto en esa denuncia y cuánto de subjetivo? Como todo, depende de la viviencia de cada uno, de la época que le tocó vivir, o tal vez de su edad. Hay quien conserva gratos recuerdos de su paso por aquellos lugares. Y hay quien, a pesar de haber desterrado esos recuerdos al fondo de su memoria, tal vez para restarles importancia y presencia, vivieron auténticas atrocidades. Éste fue el caso de mi padre y éste es el que voy a relatar. Espero sepáis disculparme si me alargo más de la cuenta en esta entrada.

 

Nacido 1956 en el seno de una familia de seis hermanos, mi padre fue enviado al preventorio de La Sabinosa con la promesa de vivir las vacaciones que quizás sus padres no podían permitirse, beber aires puros y conocer el mar. Mis abuelos, convencidos por la propaganda del Régimen de que estaban ofreciendo a sus hijos una experiencia única y muy grata, enviaron a otras dos de sus hijas a sendos preventorios: Alcoy y Guadarrama... Pero esa ya es otra historia.

 

Fue este verano, en una conversación distendida, el día en el que conseguí romper la barrera que me impedia acceder a sus recuerdos respecto a su estancia en La Sabinosa. Restándole importancia a golpe de media sonrisa me fue contando sus vivencias y éste es el resumen de cuanto escuché esa tarde.

 

El trayecto en tren de madera hasta Tarragona que los pequeños comenzaban en Atocha, ilusionados con la idea de conocer el mar, pronto se truncaba en la agonía de una odisea demasiado larga para unos niños que viajaban encajados en el hueco de los asientos previamente desalojados o en el compartimento superior, otrora destinado al equipaje. Sin posibilidad de ir al servicio, muchos de los niños se orinaban encima y realizaban así, mojados, el trayecto que les restaba.

 

Vestían sus mejores ropas y llevaban sus mudas inmaculadas en una maleta junto a algunos víveres de los que su familia no quería privarles durante su ausencia. Al llegar al preventorio, el cuerpo entumecido pero la mente receptiva a vivir las fabulosas vivencias que les habían prometido, eran recibidos por los veteranos, vestidos casi con andrajos, que entonaban "novatos de pre" y "cinco días pa la vía", como si contaran con optimismo el poco tiempo que les faltaba ya para abandonar aquel lugar. Enseguida los recién llegados se veían desprovistos de sus ropas y enfundados en uniformes raídos y alpargatas. A todos les rapaban el pelo, a excepción del flequillo, parte del cabello que, según relata mi padre, servía como asidero a las monjas cuando infringían algún tipo de castigo.

 

Allí se servía comida en abundancia, pero era habitual encontrar gusanos y arena en los platos, así que los niños pasaban hambre constantemente. A este tipo de comida pronto lo bautizaron como "caquita de bebé" y si era vomitada, las cuidadoras obligaban públicamente al niño a comer de nuevo lo que habían arrojado por su boca. Si tenían suerte, algunas tardes merendaban membrillo con pan. Pero nada era peor que la sed. Sólo se les permitía beber un vaso de agua al día tras el interminable rezo del rosario bajo el sol, un líquido que manaba de uno de los tres únicos grifos de agua potable existentes en el enorme recinto.

 

El día a día en aquel lugar respondía a una disciplina casi militar: se levantaban temprano y, antes de desayunar sémola, se lavaban en unas duchas colectivas con un agua cuyo desagradable olor achacaban a la desalación a la que era sometida. Después, la Misa y, más tarde, la visita a la cercana playa donde, vestidos, casi nunca tenían permiso para bañarse. Sí era frecuente, en cambio, que sentaran a los niños en la arena, con las cabezas gachas, como muestra una de las fotografías que expongo y que he encontrado en Internet. Con esto conseguían que el tono de su piel pareciera más saludable.

 

Dormían en habitaciones comunes, muy grandes, frías incluso en verano, por las que el viento se paseaba a su antojo. Y no les permitían levantarse en toda la noche, ni siquiera para ir al servicio. Dormían recostados sobre el lado derecho, tapados hasta la cabeza con las sábanas, en idéntica postura que les imponian en las siestas de tres horas, también obligatorias. Pobre de aquel que osase desafiar las normas modificando su postura. Se trataba de que los niños hicieran el menor ejercicio posible para que no adelgazasen en demasía. Tras la siesta, el momento de ir al servicio, todo controlado por horarios, como si en lugar de niños, trataran con máquinas. 

 

Recuerda mi padre con buen sabor de boca de su estancia allí el día en el que las cuidadoras les llevaron a un campo que había servido de lugar de entrenamiento para militares. Subiendo y bajando de un tanque abandonado pudieron, al fin, volver a ser niños. Y También recuerda el sin fin de inyecciones (supuestas vacunas) que le administraron sin darles jamás información alguna sobre su propósito. Hay quien atribuye esas inyecciones a vitaminas que evitaban que los niños regresaran a casa completamete desnutridos.

 

Entre las contadísimas ocasiones en las que les permitieron bañarse en el mar estaba aquella en la que, como al resto de niños, le fotografiaron, en alegre gesto, frente a una roca. Mi padre es el niño de la derecha, aún conserva esa foto que pretendiamente habría de servir para constatar ante su familia lo beneficiosas y divertidas que eran las colonias, ya que, además, todas las cartas eran examinadas para evitar el relato de sus malas vivencias. Pero los cuerpos, casi en el pellejo, no engañaban a nadie. Cuando mi padre regresó a Madrid, tras tres meses en Tarragona, su propia madre no le reconocía. La ropa le quedaba tan grande que mi abuela, antes incluso de volver acompañada por él a casa, le compró un par de pantalones nuevos y una camisa acorde a su nueva talla.

 

No conserva él buenos recuerdos de la actitud de las monjas ni de las cuidadoras. Creo que su experiencia fue, a pesar de todo, menos traumática que la que vivieron otros niños allí. Siempre fue muy vivo y un poco trasto y creo que esa picaresca le ayudó a sobrellevar la situacion en las mejores condiciones posibles.

 

Había niños que pasaban todo el año en La Sabinosa. Otros, huérfanos, toda su infancia, y luego estaban aquellos que padecían algún tipo de retraso, condenados a vivir allí, apartados de unas familias cuya mayor preocupación era ocultarlos de la sociedad acallando sus conciencias a golpe de billetera.

 

Con todo esto en mente, decidí organizar una visita al lugar junto a mis padres. Quería que me explicase frente a a quel edificio sus vivencias y él estuvo de acuerdo, así que partimos rumbo a Tarragona. La noche anterior al que sería el día programado para nuestra visita, me paseé provista de mi frontal-linterna por los acantilados que bordean las rejas del recinto. Pude ver que todos los edificios tenían las ventanas y las puertas clausuradas con mallazo. Pensé que esta vez habría de conformarme con visitar el exterior de los edificios.

 

La mañana siguiente nos levantamos temprano y acudimos a la puerta del que fuera preventorio. No se veía a nadie en su interior así que dos de nosotros decidimos saltar la valla y estudiar la situación. Pronto descubrimos, a lo lejos, a dos hombres. Nos dirigimos con decisión y una sonrisa en el semblante hacia ellos con la intención de explicarles el motivo de nuestro "allanamiento" pero no dio tiempo. Aquella persona, el guarda, que más tarde descubrimos que tiene allí su rsidencia, no quiso escucharnos. Únicamente repetía a voces que iba a llamar a los Mossos y que debía borrar inmediatamente la tarjeta de mi cámara. Yo no había hecho ni una sola foto del lugar y me avine a demostrárselo, como acto de buena fe, en pos de un mejor entendimiento que, desgraciadamente, nunca llegó. Dijo que le era indiferente que mi padre se hubiese desplazado hasta allí desde Madrid porque eran decenas las personas que lo hacían.

 

Definitivamente, no obtuvimos permiso para entrar y me vi obligada a hacer las escasas fotografías que muestro desde el exterior de la valla. Fuimos echados de allí con cajas destempladas. No culpo al guarda por hacer su trabajo, aunque sí es cierto que podía haber sido menos desagradable en su comportamiento. Parece ser que otro explorer con el que después nos cruzamos se nos había adelantado hacía sólo unos minutos y ya éramos los terceros intrusos que el guarda debía desalojar de la propiedad, supongo que eso, si no justifica, al menos sí explica su desmedida reacción.

 

Pediré permiso para realizar la visita a la Diputación, actual propietaria de un complejo construido en 1929 como hospital para tuberculosos y empleado como terrorífico "preventorio" tras la Guerra Civil que, desde su cierre en 1976, sin protección ni vigilancia hasta hace unos años, ha ido sucumbiendo al implacable paso del tiempo. Según me contó el guarda, la demolición es el único futuro que espera a La Sabinosa. Yo sólo espero poder visitarlo antes de que eso suceda.

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Enrique (lunes, 05 diciembre 2016 20:46)

    Yo estube hay no recuerdo muy bien pues tenia 9 años pero si recuerdo muchas cosas que contáis como las comidas los baños y estar sentados en la playa muchas horas ,,,,. Y sobre todo al instructor con un silvato en los comedores

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Sobre mí:

Curiosa por naturaleza, desde niña me embelesaron los ecos pasados que se me antojaban atrapados entre las paredes de los lugares abandonados que iba dejando atrás desde el coche de mi padre. Hoy, un poco más dueña de mis pasos, los dirijo allí para admirar la belleza oculta entre sus ruinas, inmortalizarla con mi cámara e indagar en la verdadera historia que, en otros tiempos, les dieron vida. Estos son mis locus amoenus ¿me acompañas?